Propina mata solidaridad

Las palabras de Elisa Carrió nos llevan directo al diván.

No es cuestión de colgar a la dirigente de Cambiemos de la plaza pública.

Se trata analizarnos a través de sus palabras.

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Lo de Carrió responde a una cultura generalizada entre los argentinos, especialmente entre los cristianos.

“Haga lo que haga con mi vida, siempre hay chances de redimir mis pecados dejando un diezmo en la misa del domingo o arrodillándome con gestos de arrepentimiento”.

La Biblia misma refleja la pobreza humana de estas personas: lo poco de buena condición que tengan lo deben mostrar a quien pueda verlos.

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Ya en tiempos del capitalismo global la cosa se puso un poco más sofisticada.

Empresas e individuos de billetera bien gruesa (y cuentas todavía más abultadas) reparten alegremente el dinero que les sobra, mostrando lo generoso que son ante el necesitado.

Las clases medias también estamos involucrados en el asunto.

Andamos por nuestras vidas sin hacernos planteos demasiados incómodos: lo que hacemos hecho está, sin reflexionar demasiado en cuestiones morales ni de fe.

Pero cuando damos una moneda, un billete o una propina creímos haber salvado todo lo errado que pudimos haber actuado.

El otro se transforma en objeto de nuestra indulgencia.

Quien paga bastante caro este baño de arrepentimiento es la solidaridad misma.

Y es entonces cuando la pensamos como misericordia o conmiseración

Sin embargo, el concepto auténtico de solidaridad de las sociedades modernas responde a un compromiso muy anterior al acto de arrojar una moneda al sombrero del desahuciado.

Implica un compromiso ético, que parte de la evaluación de nuestras acciones, fijando límites ante el eventual daño que hagamos al otro.

No es un freno a secas: es una decisión ante un compromiso moral y un temor a la sanción social y legal.

Ante esta crisis económica, una más para el derrotero argentino, más que propinas habrá que pensar, por ejemplo, en un sistema impositivo justo, equilibrado y exigente de acuerdo con las posibilidades de cada uno.

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Con monedas a los mozos no se cambia un país.

Se lo transforma probablemente ganando hasta un poco menos para que otro gane un poco más.

Porque como siempre decimos en este espacio, cuando se discute pobreza hay que hablar de la riqueza; y ahí el asunto se pone incómodo.

El dinero es uno solo, más aún si se decide no emitir moneda.

Un billete que entra en un bolsillo sale de alguna billetera.

Y si se cree que el Estado no debe ser quien lo pague, algún privado deberá hacerlo.

Así funcionan las sociedades solidarias, a fuerza de impuestos bien pagos y servicios bien otorgados.

Allí las propinas no son necesarias; apenas son un gesto de cortesía.

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