Perdió el periodismo, perdió la política, perdimos todos

La muerte de Débora Pérez Volpín afectó a un país entero. Dejó huella en la televisión y quedó trunco su futuro político porque su ingreso en la Legislatura porteña fue una bocanada de aire fresco para la clase dirigente.


 

Por Rodrigo Calegari

Cuando mueren seres queridos el dolor siempre es inmenso. Cuando ocurren con sospechas de impericia, imprudencia o negligencia, el dolor es muchísimo más indescifrable porque la sensación de injusticia se antepone a cualquier otro tipo de razonamiento, a cualquier convencimiento desde la fe. El problema con la muerte es que siempre es irreversible.

Débora Pérez Volpin no sabía que iba a morir el día que decidió acercarse hasta el Sanatorio de la Trinidad por un dolor abdominal. “Chicos no se asusten, estoy internada. Me voy a hacer una endoscopía porque me duele mucho el abdomen”, fue el mensaje que les mandó a sus compañeros de bloque en la Legislatura porteña. Pensaba que era un estudio de rutina.

Todos queremos saber lo que pasó en esa sala del sanatorio de Palermo. Todos queremos saber por qué murió Débora Pérez Volpin. “El cielo se equivocó. No tenemos ni sed de venganza ni ánimo de revancha ni nada parecido. Estamos destruidos, sólo queremos hacer lo que hubiera hecho Débora, buscar la verdad”, fueron las palabras de su pareja, Enrique Sacco.

Sólo algunas muertes conmocionan a un país entero. La cercanía que tenía Débora Pérez Volpin con millones y millones de personas por su gran labor en “Arriba Argentinos” hizo que la ausencia se sintiera como propia desde Ushuaia a la Quiaca.

“Cuando no esté, me gustaría que me recuerden como a una buena persona”, había dicho en una entrevista en radio Milenium en la que también había revelado que había sido una muerte, la de su padre, la que la había impulsado a darle un cambio radical a su vida. “La partida de mi papá movilizó este cambio. Tuve cerca a la muerte este año con mi padre y la verdad es que aprendí a conocerla de otro modo”, confesó Débora.

Egresada del colegio Nacional Buenos Aires con alta participación en la vida estudiantil. “Por su labor entre los estudiantes cuando yo entré al colegio había una sala que se llamaba Deby, por Pérez Volpin”, contó Axel Kicillof, que entró a primer año cuando Débora estaba en quinto.

Fue una de las pioneras de Comunicación Social en la UBA, cuando se reabrió la carrera después de la interrupción dispuesta por la dictadura militar. “Era un orgullo para todos los estudiantes de la UBA porque se convirtió en la primera egresada en conducir un noticiero en un canal importante”, contó su compañero de Artear, Gonzalo Aziz.

Pierde el periodismo porque Pérez Volpin es un espejo para muchas generaciones de comunicadores, porque arrancó como productora de Radio Belgrano mientras cursaba en al UBA y porque en El Trece les demostró a todos que se puede ser la cara de una emisora aunque se ingrese como pasante, como ocurrió con ella en 1992.

Junto a Marcelo Bonelli le dieron forma a uno de los clásicos de la televisión. “Arriba Argentinos” marcó tendencia porque era un nicho inexplorado, de señal de ajuste. “Buen día remolones, nada mejor que empezar el día con una sonrisa”, quedará como testimonio de la cercanía que puede tener la televisión con la familia argentina.

Pierde la política porque cuando Débora decidió dejar 25 años de una carrera brillante en el periodismo la voz del pueblo también fue casi unánime: para qué dar un salto tan riesgoso pudiendo seguir creciendo y creciendo en la televisión. Su decisón era una garantía de compromiso con la sociedad, el mismo motor con el que había decidido ser periodista.

“Les agradezco esta despedida, esta es mi casa. Voy a seguir estando al lado de ustedes, en otro lugar, haciendo otra cosa, pero con el compromiso de siempre”, dijo al cerrar su último “Arriba Argentinos” y fue aplaudida de pie por toda una redacción que la amaba profundamente por su calidad de persona, por su buen trato cotidiano, por la ayuda que cada uno de los compañeros sentía que ella les había dado en tantos años de convivencia.

Pero Débora Pérez Volpin excedía lo que era “su casa”, las muestras de dolor llegaron casi en cadena nacional. La buena gente no se encasilla ni en una empresa ni en un partido político y su boceto de epitafio se cumplió: todos la recordarán como a una buena persona.

“Lo que quiero ahora es poder actuar, estar más cerca de la gente”,  justificó cuando anunció que acompañaría a Martín Lousteau y sería candidata a legisladora porteña por Evolución en el programa de Mirtha Legrand. Apenas pudo estar en una sesión de la Legislatura. Con 50 años tenía toda una carrera por delante.

Perdimos todos porque desde la política Débora Pérez Volpin garantizaba compromiso, transparencia y honestidad, valores que deberían ser moneda corriente en nuestra clase dirigente pero que lamentablemente no abundan.  O lo que es peor, en muchos casos, brillan por su ausencia.

Perdió el periodismo. Perdió la política. Perdimos todos. QEPD.

 

 

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