Marcela Serrudo de la calle a trabajar con un famoso chef

Llegó a Capital desde Jujuy para intentar crecer, pero se quedó sin nada, ella es Marcela Serrudo, quien no bajó los brazos: se capacitó con un plan oficial y entró al restorán de Donato de Santis. “Ahora soy feliz”, dice.

“Cuando pienso en todo lo que pasó me pregunto cómo hice, cómo logré salir de la calle. Tuve mucho miedo. Pero conocí gente solidaria y la vida me dio una nueva oportunidad. La estoy aprovechando a full, estudiando y trabajando”. La historia de Marcela suena a esos cuentos típicos con final feliz. Y en cierta forma lo es.

En Jujuy dejó a sus padres y cinco hermanos, pero aunque su historia de amor terminó muy mal, se quedó a lucharla y hoy no se arrepiente. Pero una parte de la historia tiene que ver con el Estado y la obligación que tienen los funcionarios de desarrollar e implementar políticas que cambien la vida de personas como Marcela.

Pasó seis meses durmiendo a la intemperie: a veces en un banco del parque Rivadavia, otras en el Centenario. Durante el día su refugio eran las veredas, mirando pasar a la gente. Muchas veces estuvo tentada de pedir limosnas. Fueron los momentos en los que más pensó en su familia.

“Mi papá es mozo y mi mamá repostera. En Jujuy había hecho cursos de panadería y decoración de tortas. Creo que eso estaba en mí dando vueltas y cuando me enteré de las becas, no lo dudé. Me anoté y al principio mis compañeros pensaban que estaba enferma, se daban cuenta que algo me pasaba. Pero yo no quería contarle a nadie que vivía en la calle”, recuerda.

“Con mi ex marido alquilábamos un departamento en Pompeya, pero cuando nos separamos, me quedé en la calle, sin nada. De repente me encontré con que no tenía donde dormir. Fueron seis meses terribles. Por momentos tenía mucho miedo de que me pasara algo… sola, en la calle, no podía creer la situación por la que estaba pasando”, cuenta Marcela.

Aún frente a esta situación, nunca pensó en volver a Jujuy. Se había prometido que iba a dejar todo por crecer y superarse. Cuando se postuló a la beca, decidió no contar su historia, no quería que le tuvieran lástima. “Cuando me dijeron que había ganado la beca, lloraba y me reía a la vez. Deben haber pensado que estaba loca”, cuenta hoy, divertida. Estudió un curso corto de pastelería en el Instituto Superior de Enseñanza Hotelero Gastronómica (ISEHG).

“Es una persona muy agradecida. La historia de Marcela me tocó muy de cerca. Se esforzó y buscó salir adelante, pese a todo”, le dijo a Clarín Diego Santilli, vice jefe de Gobierno porteño.

En diciembre salió a vender pan dulce, tortas y pasta frolas con otro compañero de curso. Marcela empezó a sentir que la suerte dejaba de ser esquiva. Como sus promedios eran perfectos, la contactaron de Políticas de Juventud y le ofrecieron concursar por otra beca, esta vez para la carrera de cocina profesional, de dos años. “Otra vez, no sabía si reír o llorar”, cuenta y suelta una carcajada. En enero tuvo que rendir un examen y pasar un primer filtro importante: porque por esa beca competía con otros 500 postulantes. Y nuevamente ganó. Tiene el día copado a full de actividades: “Trabajo todos los días con un equipo de gente que sabe mucho, nunca paro de aprender. A Donato y a mis compañeros les pregunto de todo. Ahora estoy aprendiendo a cocinar mariscos y alquilo un departamento en Balvanera. Estoy feliz”, contó, radiante.

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