La pelota se mancha

La decisión de la Conmebol de multar a River, rechazar el pedido de Boca y mudar el partido a Madrid para el 9 de diciembre fue la palada de tierra que le faltaba al fútbol argentino para enterrarlo un poco más en su putrefacción.


Se mancha porque la final más linda que nos pudo haber tocado se tiene que jugar a más de diez mil kilómetros de distancia porque quedó demostrado que no estamos a la altura de un acontecimiento tan importante. Y no le echemos la culpa ni al Gobierno ni a la oposición ni a las fatales improvisaciones del operativo porque la piedra, más temprano que tarde, hubiera caído cerca de alguna cabeza de cualquier modo.

Se mancha cuando vemos que la vida se reduce a una cuestión de puntería. O alguien duda de que un cascotazo de esos te puede mandar para el otro lado si te pega de lleno en la cabeza. Se mancha cuando vemos las miserias y las mezquindades de una dirigencia que está agotada, suprimida de toda credibilidad desde aquel sospechoso 38 a 38 para encontrar al sucesor de Julio Grondona. “Con Julio esto no pasaba”, reconocen y más se mancha todavía.

Se mancha cuando  un pibe le pregunta al padre por qué se quedó sin la mega hiper gran única final del mundo mundial. Pero también cuando a los diez minutos ese mismo pibe escucha a su papá cantando que sos cagón y que el que no salta abandonó. Ni ganas de llorar le quedan porque después de tremenda decepción las preocupaciones pasan a ser otras y consisten en tratar de salir con vida de la cancha o que tu auto no haya sido destrozado por los mismos que te habían sacado una ponchada de guita para “cuidártelo, maestro”.

Se mancha cuando vemos que a nadie le importa la salud de los jugadores, cuando se finge para sacar ventajas, cuando se especula con la sanción sin evaluar a fondo las causas y las responsabilidades. Se negocia con la salud como si no el fuera único bien imprescindible para que el fútbol se desarrolle como corresponde, como un deporte, que genera pasiones, pero que siempre será un deporte.

Se mancha cuando queremos delegar en un bufete de abogados lo que debería resolverse en la cancha. Cuando los que se desesperaban por conseguir una entrada ahora prefieren quedarse en sus casas a disfrutar con sus familias porque se asquearon de tanta hipocresía. De tanta mierda, si se me permite para llamar a las cosas por su nombre.

Se mancha cuando seguimos diciendo que las barras bravas son de tal o cual equipo. No nos engañemos más. Son mercenarios. Hoy para River, mañana para Boca, pasado para Ferro o El Porvenir. Se mancha porque mientras haya dirigentes cómplices que les pasen entradas van a poder seguir robando, destruyendo, matando.

Y esa es la postal que le dejamos al mundo como sociedad, más que nunca ahora creen que somos violentos que resuelven sus contiendas a los piedrazos. No mucho más fea que la que tenían antes, eso de que nos gusta celebrar los goles con la mano de Dios pero lloramos cuando nos cobran un penal y lo calificamos de robo. Todos fuimos aplaudidores de un bidón. Porqué no decirlo, de la trampa.

Se mancha porque le creímos a Maradona cuando dijo que no se manchaba. Quién se atrevería a decir que esta Copa tendrá un campeón impoluto. La Conmebol está manchada desde hace rato, con toda una generación de dirigentes presos por coimeros y corruptos. Y por fallos sospechosos. “Los partidos se ganan en la cancha”, dice Alejandro Domínguez, pero “el escritorio” definió varias llaves de esta Libertadores. “La pelota no se va a manchar por gente inescrupulosa”, aseguró Domínguez. Pero avísenle que está roñosa, que destila mugre y no se puede esconder debajo de la blancura del Real Madrid.

Se mancha porque se perdió el espíritu amateur con el que los grandes escriben la historia. No existe equipo que haya tocado el cielo sin compañerismo, solidaridad, honestidad y franqueza. Son pocos los que llegaron gracias a la mentira, la ventaja desleal, la trampa.

La pelota se mancha y esa mancha no se quita nunca más.

Por Rodrigo Calegari

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